Psicología, Educación, Salud y Vida

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Comienza el curso y … el modelo educativo, sigue fallando.

niño pensando

Ya comenté en un post anterior una de las brillantes opiniones de Einstein sobre la educación.

“La escuela me falló a mí y yo le fallé a la escuela. Me aburrí. Los maestros se comportaron como sargentos. Yo quería aprender lo que me interesaba, ellos querían que aprendiera lo que entraba en el examen. Lo que más odié era el sistema competitivo que había, especialmente en los deportes.

Por eso mismo, allí yo no valía nada y en muchas ocasiones me propusieron que me fuera. Sentía que mi ansia de conocimiento estaba siendo coartada por mis profesores. Las notas eran su única medida. ¿Cómo puede un maestro entender a los jóvenes con tal sistema?”

¿Sabéis que esto sigue pasando más de 100 años después? Deberíamos preocuparnos y poner manos a la obra para cambiar métodos. Hay muchas innovaciones en la superficie de la enseñanza-aprendizaje, pero no en las raíces, en el concepto puro de la misma. Se tapa con bonito papel de regalo muchos contenidos que siguen siendo los mismos que hace años. Se ponen palabras nuevas a métodos que siguen siendo parecidos. Nos engañamos mucho a nosotros mismos y miramos para otro lado haciendo como si nada pasara. Y es que ser sabio no es saber más, sino saber aplicar tus conocimientos.

Por contra, se siguen enseñando datos, demasiados datos. Hay que reinventar la profesión docente y enseñar no solo para los exámenes, sino explicarles a los niños que tendrán que seguir aprendiendo a lo largo de su vida. Necesitamos superar la idea de que se aprende en la escuela o en el instituto y luego se reproduce lo aprendido. Ese modelo educativo ya pasó.

No debiera servirnos que se aprendan un poema de Miguel Hernández, o que aprendan solo porque sí fechas significativas, sino que ubiquen el aprendizaje, lo relacionen con otras ideas y conceptos, se emocionen y lo incorporen a sus vidas. Aprender debe servir siempre para ayudar a entender la vida, la de otros y la propia. Y marcar una senda vital, que no es uniforme para todos los alumnos, sino diferente para cada persona.

Como dice el respetado filósofo Emilio Lledó, “lo importante es crear capacidad de pensar”. Y sobre esto, muchos profesores y centros se han mentalizado y están en camino, pero otros muchos, están bastante lejos de entenderlo.

A ver si en este curso que comienza se abren muchas mentes a lo realmente relevante y útil. Sería mejor que alguna reforma educativa de las que se quedan sobre el papel y solo buscan conseguir votos.

¡Un abrazo! 😉

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¿Qué me has traído?

regalos

En muchas ocasiones, cuando los papás, tíos, abuelos y otros familiares de los niños más pequeños salen de viaje, de vacaciones, o viven fuera,… y están sin verles unos cuantos días, a los adultos nos gusta llevarles un regalo que puede ir desde algo sencillo hasta grandes y costosos juguetes.

Y en sí misma, esta práctica no reviste problema alguno en el desarrollo infantil, pero debiera ser algo esporádico y no realizar siempre ese regalo. Veamos por qué: cuando esto se vuelve una costumbre, casi una obligación, sin darnos cuenta estamos acostumbrando al niño a que asocie papá, tía, abuela… = regalo.

Y no siempre debe ser así. Hay que enseñarles que nuestra sola presencia y el reencuentro ya es un regalo y un motivo de alegría, más allá de que portemos un objeto o no.

Conozco a muchos niños que cuando ven a algunos de sus familiares después de unos días, la forma de dirigirse a ellos es… “¿qué me has traído?”, antes tan siquiera de darles un abrazo y disfrutar con esa llegada. A su vez, el adulto se libera de una interrelación más intensa y de preguntas, a veces cansinas, de los pequeños, porque ya están entretenidos con el obsequio, y se minimiza la comunicación.

Una respuesta sorpresiva y bonita ante el “¿qué me has traído?” seria: ¡yo! te he traído a mí! e iniciar una divertida conversación sobre si las personas somos también un regalo, el mejor regalo.

Si nos resulta inevitable aparecer con ese obsequio, debiéramos pensar en que ese regalo tuviera alguna utilidad como un cuento, un libro, un juego educativo o alguna prenda de vestir. Esta reacción educativa se engloba en los parámetros de la educación emocional, puesto que se busca una actitud por parte del adulto y una respuesta por parte del niño que consolide los lazos afectivos. No centrados en los objetos, sino en las personas.

No contribuyamos al síndrome del niño hiperregalado, que tiene tanto, que nada valora y quiere recibir cada vez mas y mas y mas, sin ton ni son.

Ahora, en vacaciones, es buen momento para reflexionar sobre esto y no comprar regalos innecesarios.

¡Feliz verano!

 

¡Lo mejor no cuesta dinero!

A estas alturas de la película y de los nuevos hábitos sociales basados en imágenes vacíos de contenido, cada vez tengo más claro la necesidad de adoptar un estilo de vida basado en valores internos. Es decir, encontrar dentro de nosotros motivos que vayan mucho más allá que el postureo y la acumulación de objetos.

Quizá aún somos capaces de descubrir cosas nuevas, quizá aprendamos a conocer quienes somos, quizá encontremos sentido a esa frase que tanto oímos de “mirar al interior”. Cada día es más necesario grabar en la frente la necesidad de SER en lugar de TENER.

Nos encanta ir de compras y adquirir lo último en tecnología. Si no, no somos cool. Pero si miramos un poco hacia atrás, enseguida vemos que los mejores momentos de nuestra vida no llevaban un precio marcado ni estaban motivados por una moda o tendencia.

En esta línea de prioridades sociales, a los niños les transmitimos demasiado el valor del objeto y menos otras situaciones que les darían mayor equilibrio y madurez personal: llevarles al campo, valorar las maravillas de la naturaleza, y hacerles sentir ahí bienestar, amor, respeto y libertad. Admirar a los árboles cuando les vemos mover las hojas, a los ríos cuando fluyen, a las olas cuando bañan la arena de la playa… así también les inculcaremos la necesidad de buscar soluciones a los problemas ecológicos que sufre el planeta. La tierra es nuestra casa y como no lo aprendan y obren en consecuencia desde bien pequeños, mucho me temo que “nuestra casa” pueda cerrarnos sus puertas.

Todo ello dando ejemplo (somos modelos para los demás y, por supuesto, para los niños), y con una buena carga de competencias emocionales. La teoría si no va acompañada de una buena actitud y una buena práctica, de nada vale.

Un abrazo y hasta otro día 😉

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