Pandemia real y pandemia inducida

Ya no tengo palabras para expresar el malestar que siento por esta esperpéntica situación. Menos mal que hay fantásticas personas y escritores que recogen a la perfección lo que muchos ciudadanos de a pie pensamos y sentimos.

Me he encontrado este artículo del genial ANTONIO MUÑOZ MOLINA, con el que no puedo estar más de acuerdo. No lo dejéis de leer, por favor.

A cada momento la política española se va volviendo más tóxica que el virus de la pandemia. Día tras día, desde principios de este septiembre desolador, las noticias sobre el aumento de los contagios y las muertes las hemos visto agravadas por el espectáculo cochambroso de la discordia política, de la ineficacia aliada al sectarismo, de la irresponsabilidad frívola que poco a poco va mutando en negligencia criminal. La política española es tan destructiva como el virus. Contra el virus llegará una vacuna, e irán mejorando los tratamientos paliativos; contra el veneno español de la baja política no parece que haya remedio. Los científicos nos dicen que nuestro país tiene vulnerabilidades mayores que otros. Los epidemiólogos comparan cifras que nos sitúan a la cabeza de Europa en enfermos, en muertos, en sanitarios contagiados. Las instituciones económicas internacionales nos alertan de una recesión más grave que la de ningún otro país de la Unión Europea. Nuestra economía no había caído tanto desde la Guerra Civil. Una generación entera tiene en suspenso su porvenir porque no se sabe si podrán seguir abiertas las escuelas. Pero la clase política española, los partidos, los medios que airean sus peleas y sus bravatas, viven en una especie de burbuja en la que no hay más actitud que la jactancia agresora y el impulso de hacer daño, y el uso de un vocabulario infecto que sirve sobre todo para envenenar aún más la atmósfera colectiva, para eludir responsabilidades y buscar chivos expiatorios, enemigos a los que atribuir las culpas de todos los errores.

Es el virus el que mata, pero mataría muchísimo menos si desde hace muchos años la incompetencia, la corrupción y el clientelismo político no hubieran ido debilitando las administraciones públicas, expulsando de ellas a muchas personas capaces, sumiendo en el desánimo a las que se quedaban, privándolas de los recursos necesarios que acaban dilapidados en privatizaciones tramposas o en nóminas suntuosas de parásitos. El buen gobierno, la justicia social, necesitan lo primero de todo de una administración honesta y eficiente. Las mejores intenciones naufragan en la nada o en el despropósito si no hay estructuras eficaces y flexibles y funcionarios capaces que las mantienen en marcha. Un logro tan necesario como el ingreso mínimo vital queda empantanado por la indigencia de una administración desbordada. España es un país de discursos sonoros y de teléfonos oficiales que no contestan nunca, de asesores innumerables y centros de salud en los que falta material sanitario y hasta de limpieza, de dirigentes políticos que prometen el paraíso de la independencia o la igualdad y médicos que para subsistir han de firmar contratos de una semana o de un día. La Comunidad de Madrid tiene el ritmo de contagios más alto del mundo y su pomposo vicepresidente inaugura un dispensador de gel hidroalcohólico en una estación de metro. Ciento cincuenta científicos de primer rango publican en The Lancet un manifiesto en el que solicitan que las administraciones españolas hagan un examen completo, riguroso e independiente de la gestión de la pandemia en nuestro país. El manifiesto aparece a principios de agosto, cuando la curva de contagios ya está ascendiendo: ni una sola institución se hace eco; a mediados de septiembre, y solo después de que se publique un segundo manifiesto más alarmado todavía, el ministro de Sanidad propone a los científicos un encuentro para octubre. Se ve que no hay prisas.

Médicos, enfermeros, limpiadores, repartidores de comida, reponedores de supermercados, policías, militares, cuidadores en residencias de ancianos, profesores, farmacéuticos: el número y la calidad de las personas que entregaron sus vidas haciendo trabajos esenciales durante los días más oscuros del confinamiento nos dan confianza en la solidez de nuestro país, más meritoria porque se mantiene en lo posible a pesar de un clima político destructivo y estéril, de una clase política en la que sin la menor duda habrá personas honradas y capaces, pero que en su conjunto, en la realidad cotidiana de su funcionamiento, se ha convertido en un obstáculo no ya para la convivencia civilizada, sino para la sostenibilidad misma del país, para la supervivencia de las instituciones y las normas de la democracia. No es que se muestren cada día incompetentes o irresponsables en la gestión de los problemas que nos agobian; es que se dedican activamente a agravarlos, impidiendo cualquier forma de acuerdo constructivo, y con mucha frecuencia a crear otros que solo existen porque ellos los han inventado, a fin de echar más leña al fuego de la bronca diaria. Viven tan encerrados en sus intereses que no tienen capacidad de dirigirse con generosidad y elocuencia al común de la ciudadanía que representan, y de la que viven. Hablan en público y solo les hablan a los suyos. Por perjudicar al adversario son capaces de sabotear lo que sería beneficioso para la mayoría. En lugar del debate público, del intercambio de ideas, de la búsqueda de mejoras prácticas, prefieren el circo venenoso de las redes sociales, que son el juguete y el escaparate al que todos ellos se han afiliado. Ya nadie se acuerda, pero hace un año tuvimos que repetir elecciones, porque los partidos más favorecidos por la ciudadanía en las elecciones anteriores de abril fueron incapaces de llegar a un pacto de gobierno, lo cual nos obligó a una larga interinidad de la que solo empezábamos a salir, de manera vacilante, cuando irrumpió la pandemia y nos puso delante sin excusa todas las fragilidades que llevan muchos años arrastrándose por la incuria y la incapacidad de la clase política

Y muchísimo ánimo. Ni todas las peores noticias lograrán que nos achantemos y bajemos las orejas ante el yugo del miedo.En mi mente mando yo, y decido qué actitud tomar ante los acontecimientos tan tremendos y fuera de lo habitual, que estamos viviendo.

COVID y Salud Emocional de los Mayores

Veamos: después de más de 20.000 personas mayores muertas en las residencias, es natural pensar que lo que toca hacer ahora con intensidad es protegerles.

Y yo me pregunto… ¿qué significa protección?  El ministerio y las CA entienden que hay que restringir las visitas y extremar las precauciones en los centros de toda España.

Pero la protección al ser humano y menos a nuestros mayores, no es completa si solo es protección física, dejando de lado la protección emocional. Más bien esas habitaciones y centros en los que están “tan protegidos” se convierten en cárceles.

Y no estoy oyendo hablar al gobierno ni a los “sesudos asesores” de que tanto aislamiento, además de la factura física (pérdida de masa muscular, torpeza motórica, desorientación…)  pasa una gravísima factura psicológica. Unido al miedo que estas personas mayores ya tienen se une, sin ninguna duda, unos importantes cuadros de ansiedad y depresión.

¿Y qué está previsto para protegerles de estos importantes, incontrolados y limitantes efectos secundarios? ¿o pensamos que con proteger su vida física es suficiente?

¿nadie va a ir a darles la mano bien protegidos y sin trasmitirles miedo?,

¿nadie va a ir a ponerles música para que su mente cree endorfinas?,

¿nadie va a ir a jugar con ellos al parchís o a lo que sea?,

¿nadie va a ir a hablar un poco con ellos?,

¿nadie va a ir a apoyar la mano en su hombro y que reciban contacto físico sanador emocionalmente?,

¿Nadie va a ir a sacarles una sonrisa?,…

Médicos Sin Fronteras ha relatado el drama de las residencias: “A muchas personas se las encontró sin vida al cabo de días”. Y yo añado: demasiado aislamiento, demasiada angustia, demasiado miedo, … no hay persona de edad avanzada que soporte esto.

Vergüenza de decisiones las que se tomaron en marzo (y sin solventar ahora, al menos todavía y sin señalar a responsables) que se permitió encerrar a las personas mayores días y días para encontrarlas muertas después.

¿En qué sociedad vivimos?, ¿cual es nuestra escala de valores?, ¿y la de algunos políticos? No he visto a nadie dimitir e irse a vivir al otro lado del mundo a penar el sentimiento de culpabilidad por estas atrocidades cometidas.

Pero es que estamos hablando de nuestros mayores, de nuestros padres y abuelos… y no de especímenes peligrosos venidos de otra galaxia. Ellos nos han cuidado, han trabajado para nosotros, han luchado en guerras por defender a su país, su honor y a los suyos, han pasado hambre, han dejado de divertirse por cuidar a nietos, han dado sus humildes pensiones a los hijos porque no les llegaba para la hipoteca…

Yo leo la prensa, miro la TV, oigo a unos y a otros, y no me alcanza el raciocinio a creer que esto pueda estar pasando y se esté gestionando de esta forma. Medio gobierno de vacaciones y el otro medio mirando para otro lado, … ¿Y el Ministerio responsable?

Ayer ví en la prensa como gran noticia que en no sé qué residencia les dejaban ver a sus familiares a través de unas cristaleras, … de verdad, ni en la peor de las cárceles, ni en la peor de las películas, pensé que podía pasar esto, … solo les falta ponerles grilletes o una inyección letal definitivamente.

¿Quién dijo que la pandemia iba a hacernos mejores? ¿a quién? ¡qué risa!, ¡qué pena!… no teníamos ni idea de lo que somos capaces, vamos dando palos de ciego. Y no me sorprende que España sea el país peor posicionado con la pandemia. La improvisación se nos da muy bien.

 No entiendo que está haciendo el ministerio de Bienestar Social y las Consejerías correspondientes. ¿De qué se preocupan y ocupan? URGE darle solución al tema de los mayores (y a la educación, ya lo hablaremos).

No entiendo cómo, después de cinco meses de crisis gravísima en este sector, no se han dado soluciones ni muchas respuestas a las necesidades que no se resolvieron en marzo y que ya se sabía que iban a volver.

Y mientras tanto, unos y otros debaten si los PCR que se hagan a los trabajadores de las residencias los va a pagar el estado o las propias residencias.

Reuniones, burocracia, protocolos, … chapuza de administración que no es capaz de pensar respuestas técnicas y humanas unánimes, y dejar de improvisar, que es lo mejor que sabe hacer este gobierno (no soy de ningún partido).

¿Tan difícil era organizar y crear UN MANDO ÚNICO en España, nuestro país, que tomara decisiones unánimes y válidas para todos los centros de mayores? En casos gravísimos como el que nos ocupa, el gobierno no debiera dejar en manos de las CA las decisiones a tomar, porque quizá en alguna haya un equipo político válido, humano y comprometido, pero en otras esos políticos están calentando sillones y mirando para otro lado o mordiéndose las uñas porque se les mueren los viejos y no saben qué hacer. ¡Qué indignación tengo!, ¡Qué desastre!

Practicando un mínimo de empatía, me pongo en los tristes zapatos de las personas mayores en residencias y ante la perspectiva, YO, prefiero morir en una semana rodeada de amor y de mis seres queridos, que vivir unos meses o años más sola en mi habitación y desprotegida emocionalmente. La tristeza y el dolor serían infinitos.

Es una situación tensa e intensa, que hay que valorarla en toda su dimensión.

Insisto: qué bien estaría disponer de un equipo fuerte formado por profesionales A NIVEL NACIONAL que dé respuesta a todos los sinsentidos y follones que tenemos entre manos en Sanidad, Educación y Servicios Sociales. Debiera ser una TRÍADA INTOCABLE, dirigida por sabios, científicos y buenos profesionales al margen de la política, porque es increíble lo mal que se está haciendo. Lo que se está improvisando. Y lo que nos queda por ver. Qué tristeza, por Dios.

La educación online no ha venido a quedarse

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Muchas veces somos absurdos, como ahora, que pensamos que la educación online es la panacea y que puede sustituir al modo tradicional maestro-alumno.
Dado que nuestros gestores han ido dando palos de ciego en las improvisadas decisiones con relación a la educación en el COVID, muchos de ellos se quedan tan contentos cuando ven que la enseñanza online ha podido cubrir un mínimo de esas necesidades de aprendizaje que tenían los chicos y chicas en estos cuatro duros meses recién pasados.
Y una de las decisiones es comprar ordenadores para el que no tenga, dotando a las familias y al profesorado de toda la cacharrería tecnológica para poder subsanar los graves déficits presentes (y quizá futuros) causados por la obligación de periodos de confinamiento.
Por otra parte, tampoco han tenido en cuenta que hay muchísimos docentes y directores de centro que ni tan siquiera tienen un ordenador personal en sus casas, ni la mínima preparación para llevar a cabo nuevas labores de gestión educativa a distancia (lo he comprobado en muchos casos en personas cercanas a mí).
Y les importa tan poco la educación, que después de lo que ha pasado, no han planificado nada de lo que está por venir.
Como tantas veces, empezar la casa por el tejado y no tener en cuenta mínimamente las necesidades del binomio docente-alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
  • ¿No han pensado que enseñar es emocionarse?
  • ¿No han pensado que no hay aprendizaje sin esa calidez que la relación cercana permite al profesor y al alumno?
  • ¿No han pensado que solo se aprende aquello que pasa primero por el corazón?
  • ¿No han pensado en constituir nuevos agrupamientos que faciliten el estar juntos sin riesgo para la salud?
  • ¿No era junio un buen mes para facilitarles a los chicos y chicas volver discretamente a las aulas en días y horas alternas para volver a retomar el calor de un centro educativo y sus componentes? … y así sucesivamente.
La verdad es que no sé en qué han pensado. Conozco muchos jóvenes padres que lo han pasado muy mal. Muchos de ellos en esta tesitura: pareja con dos niños de 4 y 6 años cuyos padres han pasado la pena negra para poderles atender (mal atendidos) y teletrabajar. No lo han hecho del todo bien con sus hijos, ni han rendido en su trabajo lo que necesitaban.
Ellos, el matrimonio, estresados, con crisis de ansiedad y con sentimiento de culpa por varios frentes. Los niños, improvisando cada día, demasiadas horas de TV, dificultades de conducta más intensas que lo habituales en esta edad,..
Al final, en junio, algunos echaron mano de una chica externa que atendiera a sus hijos unas horas al día. Con el consiguiente gasto extra para sus ajustadas economías. Pero así, al menos, los pequeños podían cumplir mínimamente unas rutinas y los padres podían tener un tiempo “limpio de otras actividades” para sus obligaciones.
Y claro, los gestores de mi comunidad autónoma (ni de otras muchas) no iban a mandar a los niños al cole porque lo que había que hacer era seguir las pautas del gobierno central, sin mayor cuestionamiento. No vaya a ser que el partido que me ha dado el relevante puesto político me tire de las orejas.
Aún no sé qué “planes de contingencia” están preparando las diferentes comunidades educativas para septiembre, pero lo que si tengo claro es que EL ALUMNADO DEBE VOLVER A LAS AULAS, no tanto por lo que se aprende allí de conocimientos (que no es mucho) sino por lo que se aprende de convivencia, amistad, seguimiento de normas,  rutinas, desenvolvimiento en el grupo, juego, solución de conflictos,… en fin, la naturalidad de la vida. Todo ello necesario para el correcto desenvolvimiento y evolución emocional y social de nuestros niños y jóvenes.
Por supuesto, entiendo y defiendo que ante el COVID todas las medidas son pocas. Pero también entiendo que no es normal mandar a los niños y adolescentes a casa los cuatro últimos meses de curso y después les veías en bares y terrazas bien juntitos y sin protección. Todo contradicciones y muchas decisiones sin sentido. Podían haberse habilitado las aulas con pocos alumnos, de manera alterna, unas pocas horas, y con todas las medidas higiénicas necesarias.
No sé qué factura pasará todo esto a nuestra evolución como sociedad, pero creo que será alta, no tanto por el curso que los niños y jóvenes perdieron, sino por la falta de criterios con sentido común para abordar la educación y la atención a nuestros alumnos como merecen desde una perspectiva integral, humanista y educadora de verdad. La educación es el puntal de la evolución de los países y sociedades, y sin una estructura educativa firme, clara, al unísono entre las CA, difícilmente vamos a ir por el camino correcto.
Las aulas deben prepararse bien con todas las medidas de salud necesarias, y volver a ellas, y reencontrase con los profes y los compañeros, vivir el colegio y disfrutarlo.
La educación online no debiera quedarse por sí misma como valor propio, sino ser un complemento de la educación entre personas y con seres humanos.