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¿Niños enganchados a las pantallas?

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La verdad es que es un tema que suscita grandes y encendidas controversias entre psicólogos, educadores y familias.
Desde quien dice que no pasa nada porque a esta generación le toca vivir pegados a la tecnología y que es natural, porque han nacido rodeados de pantallas… hasta quien dice que crea adictos lo mismo que si de una droga se tratara.
Antes de seguir, voy a posicionarme. Y a sabiendas de la necesidad de la tecnología, todo debe tener límites. Sin ellos, no podemos encaminar nuestra conducta.                                                                                                                                                                                                                                                                                                         
                                                            
Yo pienso que SÍ CREA ADICCIÓN e incluso se llegan a utilizar algunos aparatos (por ejemplo, el móvil) como sustitutos emocionales en casos o situaciones en los que existe cierto vacío comunicativo con los padres y algo de dejadez. En cierta medida, dependerá de la edad de los hijos y, por supuesto, de la permisividad de los padres y del uso que los progenitores hacen de ello.
Una niña con un móvil a los 9 años puede ser controlable y ser los padres los que marquen la pauta de tiempo de uso. Otro niño con 12 que ya ha desarrollado durante dos años o más unos hábitos muy reiterados y fuera de control del uso del móvil o de la playstation, difícilmente vamos a poder controlarlo ya.
Quiero decir que el uso inadecuado en las primeras edades puede fácilmente llevar a la adicción a partir de la adolescencia.                                                                                                 
¿Cómo se nota?…                                                                                                                                      
*     Perdiendo el control sobre su uso (¡solo estaré 10 minutos!) y luego nos damos cuenta de que ha estado más de 2 horas. Infravaloran los riesgos, piensan que no pasa nada por estar tanto tiempo con el móvil o el juego. Total, sus amigos también lo hacen. Y no olvidemos que, a esta edad, los iguales son sus referentes de comportamiento.                         
*     Las niñas, más que videojuegos, utilizan exageradamente las redes sociales. Con la moda de las “influencers” que les marcan modelos de belleza, de imagen, de popularidad,… habitualmente lo que yo llamo “calorías emocionales vacías”, es fácil caer en el uso desmesurado del móvil. Máxime si en la familia no están claros los límites, (o los mismos padres son ciberdependientes), ni existen otros VALORES REALES que sean más fuertes que los mensajes de las redes.
Todo esto abre puertas al ciber acoso, chantajes posteriores, vida sedentaria en exceso, obesidad,… y esta puede llevarles a la diabetes, enfermedad con claro y desmesurado aumento en los últimos años.                                                                                                               
¿Más consecuencias?…
  • Aislamiento de la familia.
  • Cambios bruscos del estado de humor, con muchos episodios de mal humor injustificado.
  • Descenso en el rendimiento escolar.
  • Cambio en los hábitos alimenticios.
  • Trastornos del sueño…
  • Llegando a situaciones de ansiedad cuando no están conectados.
Empezaríamos a notar los cambios claramente cuando dejan de tener interés en cualquier cosa que no sea la pantalla, con pasividad ante las demás circunstancias de su vida.
Evidentemente las redes están diseñadas para que sean adictivas, creando una realidad paralela y falsa que para nada aporta algo valioso al desarrollo de los niños y jóvenes. Además, el problema es mayor si a esto se unen algunas características personales y sociales como timidez, dificultad en las relaciones sociales reales, modelos familiares (que los padres también estén indiscriminadamente con el móvil delante de sus hijos demasiado tiempo).
Cada día nos encontramos con más frecuencia en la calle escenas que hace pocos años nos hubieran parecido de ciencia-ficción:                                                                                         
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  1. Niño/a de 10 años caminando por la calle junto a sus padres. El pequeño juega con su móvil. Sus progenitores van chateando sin parar. Para nada comentan sobre lo que ven, ni saben con quién se cruzan y qué pasa en ese momento en ese paseo en su ciudad.                                                                                                                                        
  2. Hace unos días en un restaurante en el que yo estaba con mi marido, había dos parejas y 3 niños cenando. Los pequeños, entre 8 y 11 años, cenaron enseguida. Era viernes y los jóvenes padres no tenían prisa. Al poco rato los tres niños empezaron a comunicarse con sus móviles, sus chats y sus juegos. Cada uno con lo suyo, sin hablar entre ellos. Los padres se mostraban felices y relajados porque estaban tranquilos todos. Tanto es así que después de la cena se tomaron un par de gin-tonics. Cada rato que pasaba yo me sorprendía más y más de lo exagerado de la dejadez de sus mayores. Coincidimos en el restaurante un par de horas. Cuando nosotros nos fuimos, aún seguían allí en la misma situación.
Probablemente dentro de poco alguno de esos padres acuda a su médico, o al orientador del cole o a una consulta psicológica… porque sus hijos están “enganchados” y ellos no saben qué hacer.
Maldita hipocresía educativa y social, que nos hace ver los problemas a toro pasado y cerramos los ojos cuando estaban encima de nosotros y solo supimos mirar para otro lado.
Hace falta mayor madurez, coherencia y responsabilidad, empezando por los padres y adultos. Los problemas de los pequeños se cimientan en el entorno educativo. No lo perdamos de vista.

 

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¡No seas dependiente de los demás!

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Somos padres (y si no lo eres, ponte en ese rol por un momento). Y parece que nuestra vida gira en torno a nuestros hijos. Pero no debe ser así. A ver,  vamos a pensar en voz alta …

– La necesidad de apego es algo consustancial al ser humano. Y más allá de ser alimentado, el niño y la niña necesitan esa seguridad para poder alejarse de sus progenitores e ir a explorar el mundo que les rodea. Pero no solo el niño necesita el apego, ya que el cerebro de los padres también se modifica en función de esta necesidad. Así que el punto de partida es una doble y gran dependencia… y todos necesitamos ir en pos de un mayor grado de autonomía e independencia, cosa que no se hace de la noche a la mañana, sino que necesita un proceso educativo, veamos,…

– En la infancia marcamos a los niños pautas educativas, normas, responsabilidades,… a partir de la adolescencia necesitaremos desprendernos del rol sobreprotector para que ellos y ellas ganen en autonomía e intimidad. Pero esta fina línea entre la sobreprotección y la incipiente libertad, no siempre se dibuja bien, y se cae en la DEPENDENCIA y en los consiguientes problemas de relación social y autonomía,… Conozco bastantes familias que no dejan salir a sus hijos de excursión por temor a que les pase algo, o que tienen que volver a casa una hora antes de lo que lo hace su grupo de amigos. También existen mamás y papás que llenan con la presencia de los hijos, sus vacíos emocionales en sus matrimonios. La dependencia también puede ser a la inversa: esos hijos que son los que marcan muchas solapadas pautas a sus padres con mensajes del tipo: me aburro, ahora vamos a hacer esto, ahora no quiero esto otro, bailando los padres al son de la música que marca el pequeño…

Asímismo existe otra fuerte dependencia marcada por los padres y sus frustraciones (que necesitan que los hijos hagan muchas cosas de las que ellos no pudieron o no fueron capaces): esa dependencia que genera en los adultos un gran sentimiento de angustia porque los hijos tienen que vivir su propia vida, y también es dependencia cuando los padres les marcan sus estudios o profesiones porque es lo que marca la tradición familiar (tienes que ser médico, como tu padre y tu abuelo), o el deseo de lo que ellos no pudieron ser cuando estaban en edad de decidir (tienes que ser abogado, a mí me hubiera encantado y no tuve la oportunidad, ahora que tú la tienes, no la desperdicies),…

Así que es necesario romper esta dependencia patológica que solo sirve para volver tóxicas las relaciones cuando los hijos ya son mayores. Por tanto, necesitamos entender que desde pequeños pueden y deben cometer sus errores, acompañándoles en sus tomas de decisiones,  aunque se confundan. Ayudarles, pero permitirles que se frustren, se aprende mucho de ello. Necesitamos permitirles que se independicen, no por ello van a querernos menos.

Necesitamos ponernos límites como adultos para que nuestros temores no contaminen las relaciones con nuestros hijos.

Necesitamos hablar de sentimientos, de emociones, compartir el mundo del alma y del corazón,… y romper esas pautas que aprendimos de nuestros progenitores y que no nos han ayudado mucho. No eduques así solo porque así te educaron a ti y, al fin y al cabo, no estás tan mal. Claro que podemos mejorar y cuanto más sabemos, mayor responsabilidad tenemos.

Un abrazo, Asun 😉

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