La educación online no ha venido a quedarse

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Muchas veces somos absurdos, como ahora, que pensamos que la educación online es la panacea y que puede sustituir al modo tradicional maestro-alumno.
Dado que nuestros gestores han ido dando palos de ciego en las improvisadas decisiones con relación a la educación en el COVID, muchos de ellos se quedan tan contentos cuando ven que la enseñanza online ha podido cubrir un mínimo de esas necesidades de aprendizaje que tenían los chicos y chicas en estos cuatro duros meses recién pasados.
Y una de las decisiones es comprar ordenadores para el que no tenga, dotando a las familias y al profesorado de toda la cacharrería tecnológica para poder subsanar los graves déficits presentes (y quizá futuros) causados por la obligación de periodos de confinamiento.
Por otra parte, tampoco han tenido en cuenta que hay muchísimos docentes y directores de centro que ni tan siquiera tienen un ordenador personal en sus casas, ni la mínima preparación para llevar a cabo nuevas labores de gestión educativa a distancia (lo he comprobado en muchos casos en personas cercanas a mí).
Y les importa tan poco la educación, que después de lo que ha pasado, no han planificado nada de lo que está por venir.
Como tantas veces, empezar la casa por el tejado y no tener en cuenta mínimamente las necesidades del binomio docente-alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
  • ¿No han pensado que enseñar es emocionarse?
  • ¿No han pensado que no hay aprendizaje sin esa calidez que la relación cercana permite al profesor y al alumno?
  • ¿No han pensado que solo se aprende aquello que pasa primero por el corazón?
  • ¿No han pensado en constituir nuevos agrupamientos que faciliten el estar juntos sin riesgo para la salud?
  • ¿No era junio un buen mes para facilitarles a los chicos y chicas volver discretamente a las aulas en días y horas alternas para volver a retomar el calor de un centro educativo y sus componentes? … y así sucesivamente.
La verdad es que no sé en qué han pensado. Conozco muchos jóvenes padres que lo han pasado muy mal. Muchos de ellos en esta tesitura: pareja con dos niños de 4 y 6 años cuyos padres han pasado la pena negra para poderles atender (mal atendidos) y teletrabajar. No lo han hecho del todo bien con sus hijos, ni han rendido en su trabajo lo que necesitaban.
Ellos, el matrimonio, estresados, con crisis de ansiedad y con sentimiento de culpa por varios frentes. Los niños, improvisando cada día, demasiadas horas de TV, dificultades de conducta más intensas que lo habituales en esta edad,..
Al final, en junio, algunos echaron mano de una chica externa que atendiera a sus hijos unas horas al día. Con el consiguiente gasto extra para sus ajustadas economías. Pero así, al menos, los pequeños podían cumplir mínimamente unas rutinas y los padres podían tener un tiempo “limpio de otras actividades” para sus obligaciones.
Y claro, los gestores de mi comunidad autónoma (ni de otras muchas) no iban a mandar a los niños al cole porque lo que había que hacer era seguir las pautas del gobierno central, sin mayor cuestionamiento. No vaya a ser que el partido que me ha dado el relevante puesto político me tire de las orejas.
Aún no sé qué “planes de contingencia” están preparando las diferentes comunidades educativas para septiembre, pero lo que si tengo claro es que EL ALUMNADO DEBE VOLVER A LAS AULAS, no tanto por lo que se aprende allí de conocimientos (que no es mucho) sino por lo que se aprende de convivencia, amistad, seguimiento de normas,  rutinas, desenvolvimiento en el grupo, juego, solución de conflictos,… en fin, la naturalidad de la vida. Todo ello necesario para el correcto desenvolvimiento y evolución emocional y social de nuestros niños y jóvenes.
Por supuesto, entiendo y defiendo que ante el COVID todas las medidas son pocas. Pero también entiendo que no es normal mandar a los niños y adolescentes a casa los cuatro últimos meses de curso y después les veías en bares y terrazas bien juntitos y sin protección. Todo contradicciones y muchas decisiones sin sentido. Podían haberse habilitado las aulas con pocos alumnos, de manera alterna, unas pocas horas, y con todas las medidas higiénicas necesarias.
No sé qué factura pasará todo esto a nuestra evolución como sociedad, pero creo que será alta, no tanto por el curso que los niños y jóvenes perdieron, sino por la falta de criterios con sentido común para abordar la educación y la atención a nuestros alumnos como merecen desde una perspectiva integral, humanista y educadora de verdad. La educación es el puntal de la evolución de los países y sociedades, y sin una estructura educativa firme, clara, al unísono entre las CA, difícilmente vamos a ir por el camino correcto.
Las aulas deben prepararse bien con todas las medidas de salud necesarias, y volver a ellas, y reencontrase con los profes y los compañeros, vivir el colegio y disfrutarlo.
La educación online no debiera quedarse por sí misma como valor propio, sino ser un complemento de la educación entre personas y con seres humanos.

¡No practiques “phubbing”!

movil.post.mayoMe ha sorprendido el nuevo concepto de PHUBBING, (de “phone” y “snubbingg” que es el acto de ignorar a las personas que tenemos al lado por estar demasiado pendientes del móvil.

Echamos la culpa a los adolescentes y jóvenes, pero ya hay estudios que indican que 1 de cada 3 padres RECONOCE abusar de la tecnología y ser un mal ejemplo para sus hijos. Y mas de la mitad de los padres consultados dicen que el teléfono interrumpe la relación con sus hijos más de tres veces al día. Yo creo que bastantes más.

Pero los niños empiezan a ser muy conscientes de que muchas veces, se sienten ignorados, y pasan a segundo plano en la atención de sus padres.

No te digo nada cuando son adolescentes. Hacen una lectura precisa del tiempo que los padres pasan con el móvil, perciben que a veces les hablan a sus mayores y no se enteran, y saben que se está perdiendo mucha comunicación. Como se les hace menos caso, cada vez se refugian más en el mundo irreal de la pantalla del móvil. Y después los padres se echan las manos a la cabeza, pero no se dan cuenta de que son ellos los que están provocando esa situación.

Evidentemente esto es un bucle: padres con el móvil, niños callados y con el móvil. No dan guerra, no protestan. De vez en cuando les damos un grito porque nos sabe mal que estén todo el tiempo en su habitación chateando y, a la vez, nos queremos demostrar a nosotros mismos que somos padres responsables que sabemos distinguir los tiempos que le dedicamos a cada cosa, y esto no es verdad.

Otros niños más pequeños, de 7-10 años, tienen la sensación de que el móvil es un trozo mas de la mano de su madre. Y así lo manifiestan. Dicen que están todo el día haciendo fotos y contestando rápidamente a cualquier WhatsApp o llamada que tengan. Y que conducen con el en la mano, hacen la compra con el en la mano,… y son incapaces de desprenderse del móvil por un rato.

Los padres les riñen por jugar a la Play pero los adultos no son conscientes de que ellos están todo el día con el móvil. Y muchos hijos e hijas piensan que les hacen más caso al móvil que a ellos. Y esto no es beneficioso para su desarrollo personal, sino todo lo contrario.

El COVID ha venido a agravar esta situación, puesto que, al estar mucho más tiempo en casa, la forma de entretenimiento y de que estén callados es “permitirles” un poco mas el móvil. Y a mayor tiempo de uso, mayor dependencia. Es más fácil mirar una pantalla que coger un libro.

La pena de esto es que la tecnología ha venido a quedarse. Y vamos a tener que pagar un importante peaje en las relaciones humanas.  Aunque aún no sabemos hasta qué punto va a contaminar y cambiar las relaciones padres-hijos, ya se vislumbran muchos efectos secundarios y patologías asociadas.

Hay algunos padres que, a instancias de los educadores, han elaborado “contratos de tiempo y forma de uso del móvil” para los hijos, pero normalmente suelen servir para quedarnos tranquilos al principio de que el niño posee un teléfono personal, olvidándonos enseguida de las normas que habíamos pactado. Es más costoso mantenerlas, que dejarle hacer con el móvil lo que le apetezca.

Me gusta la idea del contrato, y es una herramienta útil para controlar y supervisar su uso, pero antes de elaborar un contrato, yo te preguntaría…  

¿Qué tipo de uso haces tú como adulto/a de las tecnologías?, ¿cuántas horas dedicas al día al móvil?, ¿qué importancia tiene para ti?, para qué lo empleas: ¿siempre es para algo útil, o no siempre? Cuándo estás compartiendo tu tiempo con la familia, ¿estás más pendiente del móvil que de la conversación con ellos?

Debéis saber que vosotros sois un modelo de referencia para vuestros hijos e hijas y que la gestión correcta del móvil y las tecnologías empieza por vosotros mismos.

Preguntaos también sobre…

¿Tiene mi hijo una buena red social en la vida real?, ¿disfruta de las amistades que tiene?, ¿comparte ocio presencial con otras personas?, ¿cuánto tiempo destina a estar con ellos?,  ¿tiene dificultades en sus relaciones sociales?,…

Una vez respondido todo ello y, si sois sinceros con vosotros mismos, veréis que la mayoría de las veces, el problema no está en los niños sino en las prioridades y modelos de comportamiento que les mostramos los padres.

No todo es malo en el uso del móvil, pero como en todo, mejor usar con sentido común y no abusar. El abuso crea dependencia, aislamiento social, pérdida de la noción de realidad, ansiedad, estrés, y otras consecuencias nefastas. Y esto es una realidad que ya está delante de nuestros ojos.

Así que poneos las pilas y revisad vuestro uso racional o irracional del móvil, para que vuestros hijos vean y perciban que tenéis dos manos libres de objetos para darles un gran abrazo (y te dirían que no les hagas tantas fotos, sino que te centres más en el momento y la situación con ellos).